Depresión Postvacacional

4 de September del 2017

DEPRESIÓN POSTVACACIONAL

Es cierto que, algunas veces, que las vacaciones se terminen y vuelva la rutina del día a día y del trabajo puede ser un alivio. Tras aguantar a esos familiares, vecinos o conocidos con tantas manías y defectos que nos desesperaron durante el verano. Lejos del gentío, las colas, las excursiones, el calor asfixiante, la arena por las entretelas, los niños y niñas propias y ajenos, la cancioncita del verano y toda esa sarta de incomodidades propias de la época estival. Con la cuenta bancaria ya temblando tras tanto gasto superfluo. La vuelta al hogar y a la rutina se vive con una agradable sensación de paz y tranquilidad. Pero hay que reconocer que en la mayoría de las ocasiones volver al trabajo se hace más bien pesado.

Es entonces cuando a algunas personas parece que les entra la “Depresión Postvacacional”: Pereza, mucha; Desmotivación, total; Cansancio, como de fiebre; Energía, bajo mínimos; Sueño, alterado; Aislamiento social, ¡sí, por favor!; Ganas de acudir al trabajo, ninguna; Capacidad de concentración, disminuida; Ilusiones, ¡ya sólo queda un año para las próximas vacaciones, qué horror!; Positividad, nula (atención y pensamiento centrados en todo lo malo que se nos viene encima); Negativismo, total; Estado de ánimo, pésimo.

Sí. Se parece mucho a una depresión. Los síntomas son de lo más parecido. Pero cualquiera de quienes lo hemos padecido sabemos que no es lo mismo. Es una tremenda pereza para volver a la rutina laboral, y del día a día, y una crisis que nos lleva a plantearnos lo que estamos haciendo con nuestras vidas: ¿merece la pena arrastrarse cada día al trabajo y soportar la rutina cotidiana para, al final, disfrutar sólo unos pocos días al año?

El problema llega cuando, como de costumbre, nos hacemos trampa al pensar en una respuesta esa pregunta. ¡Claro que tal cosa no merecería la pena!, ¡ni que estuviéramos en los tiempos de la revolución industrial, haciendo jornadas de 16 horas y en condiciones de insalubridad total! Nos pongamos como nos pongamos nuestra realidad es más amable que todo eso.

A quienes nos gusta nuestro trabajo lo tenemos más fácil. Nos basta con recordar y tener presentes las razones por la que decidimos en su día y mantenemos aún hoy ese trabajo que nos llena y nos da tantas satisfacciones. Claro que para muchas personas su trabajo es sobretodo una forma de ganarse la vida, un medio incómodo que permite obtener unos ingresos para pagar los gastos básicos. ¿Qué se puede hacer entonces para superar esa “depresión postvacacional”?

En primer lugar cambiar la pregunta, ya que da por hecho que todo lo que no son vacaciones y días libres es una especie de martirio. Eso no es cierto, o no tendría por qué serlo. Durante las vacaciones y algunos días libres abrimos nuestra mente y nos permitimos elegir hacer lo que más nos apetece hacer: levantarnos tarde, dar un paseo, tomar el sol, o tomar algo en una terraza con personas queridas, visitar algún lugar hermoso, o disfrutar de una puesta de sol.

En el día a día cotidiano hay demasiadas “obligaciones” como para permitirnos semejantes lujos. O no. Lo cierto es que, en la mayoría de los casos, tales “obligaciones cotidianas” podrían supeditarse a esos pequeños placeres que también podemos permitirnos. De hecho lo hacemos: ese cafecito en el almuerzo, el paseo hasta el trabajo, ese programa de TV tan entretenido o interesante, el rato de lectura antes de dormir, la cena con las amistades, o ese momento sentados en nuestro rincón favorito. Y desde luego que podríamos darles un espacio mayor a esos pequeños placeres. Mayor en cantidad de tiempo y mayor en la importancia que les atribuimos. Si lo pensamos detenidamente muchas de esas supuestas “obligaciones” lo son solamente en nuestras cabezas. ¿De verdad es necesario que la casa o el espacio de trabajo estén tan perfectamente limpios? ¿Seguro que hay que dedicar todo ese tiempo a realizar esa actividad que tanto nos desagrada? ¿Y si en lugar de tanto tiempo a los demás me dedicara un poco más a mí? ¿No podría replantearme mis prioridades para sacar más momentos placenteros cada día?

Ganar tiempo para hacer actividades placenteras y gratificantes restándolo a otras más prescindibles es muy sensato, pero además es importante valorar esos buenos momentos en su justa medida. Quitarnos el filtro mental que no nos permite apreciar que hemos disfrutado de un montón de experiencias durante el día; que seguramente hemos hecho algo, cada día, que nos hace sentir orgullosos; que otras personas nos han mostrado su aprecio y reconocimiento en más de una ocasión. Cada día vivimos un gran número buenos momentos que pasan desapercibidos si no les prestamos la debida atención y otorgamos la importancia que merecen.

Sin darnos cuenta nuestras emociones son un reflejo de la evaluación que hacemos de nuestro día a día, de nuestro desempeño y de los resultados que vamos obteniendo. Cuando las emociones son demasiado negativas sin que haya ocurrido nada terrible en nuestras vidas es bastante probable que en esa evaluación inconsciente hayamos dado mucha más importancia a los aspectos negativos que a los positivos que hemos vivido. ¿Por qué no valorar el día como satisfactorio aunque hayan ocurrido tres o cuatro situaciones desagradables? ¿Por qué dejar que esos pequeños detalles nos amarguen el día, la vida, o la vuelta de las vacaciones?

Pero, ¿qué se puede hacer para que no resulte tan pesado volver al día a día cuando buena parte de nuestro día a día no es precisamente el que habríamos elegido? ¿Cuando no nos gusta nuestro trabajo, los problemas con la comunidad de vecinos, las personas con las que solemos coincidir? Darle la vuelta. Dejar de centrarnos en los aspectos negativos y más desagradables y dar mayor importancia a los positivos de cada situación. Seguro que si lo miramos detenidamente encontramos algo hermoso, gracioso, divertido, irónico, instructivo, o interesante en aquello que tanto parece molestarnos.

Si nuestra situación no es la que hubiéramos deseado y tenemos la posibilidad de cambiarla, completamente o sólo un poco, atrevernos a iniciar ese cambio. Planificar bien los pasos y ponernos manos a la obra.

Si no es realista pensar que se puede cambiar, o mientras van llegando los resultados del cambio, cambiar la actitud. La vida está llena de placeres y dolores, de vivencias positivas y negativas. Disfrutar al máximo de lo positivo y aceptar los momentos malos nos ayudará a que resulten menos dolorosos. Cualquier vivencia desagradable es mucho más incómoda cuando la rechazamos emocionalmente, luchamos contra ella y no la aceptamos. Comprometernos con ivir la vida de forma plena, con sus luces y sus sombras. Con conciencia de lo que somos, hacemos y somos capaces de hacer si nos lo proponemos. Sabiendo que irremediablemente habrá malos momentos, que si podemos aceptar serán más leves, y que también habrá buenos momentos, que si sabemos apreciar serán más placenteros.

La solución a la “Depresión Postvacacional” está dentro de cada cual. El cambio de actitud puede empezar ahora mismo. Es tan fácil como decidirlo y comprometerse a mantenerlo.

 

David Biel Soro

Psicólogo

 

 

 

Descargar aquí el artículo